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Ni celdas ni condenas: el origen del mítico bloque de la calle Diana que ahora se transforma en un hotel de cuatro estrellas

J. Justo Moncho

Periodista
17 de octubre de 2026 - 08:01

Cualquier vecino que haya transitado con cierta asiduidad por la intersección de las calles Colón y Diana habrá clavado la vista, inevitablemente, en esa fachada de esquinas redondeadas que durante décadas ha pedido a gritos una mano de pintura. Las inclemencias del tiempo y la falta de mantenimiento dejaron su firma en forma de desconchones y manchas de humedad persistentes. Pero para los deniers, este bloque siempre ha sido y será el edificio del Penal. Un nombre contundente, oscuro, que invita a imaginar un pasado de cadenas, reclusos y vigilancia estricta. Sin embargo, la verdadera historia de esta construcción esconde una simpática anécdota que demuestra que el ingenio popular siempre ha sido el mejor cronista de la ciudad: entre esas paredes jamás hubo una sola celda.

Toca saltar un siglo hacia atrás. Corría el año 1922 cuando se levantaron los cimientos de este inmueble. La obra, que la documentación histórica atribuye a la labor de José Sancho, se concibió con un fin puramente inmobiliario y práctico: crear viviendas destinadas al alquiler.

Eran tiempos de contrastes urbanísticos. A escasos metros, en vías principales como la calle Marqués de Campo o la propia calle Diana, las adineradas familias Riera y Morand habían financiado imponentes fincas, caracterizadas por sus amplias estancias y sus envidiables balconadas de hierro forjado. Frente a aquel derroche de espacio, los nuevos pisos de José Sancho resultaban de un tamaño mucho más modesto, pensados para bolsillos trabajadores.

El presidio que nunca tuvo rejas

Fue entonces cuando la ironía de los residentes hizo su trabajo. Al comparar la estrechez de estas nuevas viviendas populares con las casonas burguesas de la zona, los dianenses comenzaron a decir, con esa sorna tan característica, que aquellos pisos eran «menuts com les cel·les d’un penal», según recuerda la archivera municipal, Rosa Seser, en el libro La Mirada de L’Arxiu. La comparativa hizo fortuna. El boca a boca eliminó cualquier rastro del nombre original o de sus promotores, y la edificación quedó bautizada para la posteridad como el Penal.

Tal como documenta Seser, la propiedad del inmueble no tardó en cambiar de manos. Hacia 1931, el registro ya vinculaba la finca a la Familia Orduña, y décadas más tarde, entrando en los años sesenta, pasó a ser titularidad de la Familia Montalvá, quienes mantuvieron la propiedad mientras el bloque iba envejeciendo, aguantando el tipo frente al desarrollismo moderno.

Si las plantas superiores albergaban la vida doméstica, la planta baja fue el centro neurálgico que dotó de pulso al barrio. Allí se instaló, desde el primer momento, el mítico Forn del Penal. Este establecimiento no solo despachaba el pan diario, sino que se convirtió en un punto de encuentro vecinal.

El primer fornero en encender sus hornos fue José Ortiz Romà, a quien muchos recordarán por ser el padre del creador de la conocida marca “Madalenas Ortiz”. Tras la crudeza de la Guerra Civil, el mostrador cambió de manos. Según los testimonios orales recogidos por el archivo municipal, un vecino natural de Pego, José Mª Torrens, se hizo cargo del negocio en plena posguerra, antes de buscar un futuro mejor emigrando a Argentina. Fue en 1963 cuando el establecimiento pasó a Vicente Ferrer Montiel, marcando una época dorada para el obrador.

Lo fascinante del Forn del Penal fue su capacidad para congelar el tiempo. Durante casi ochenta años, traspasar sus portezuelas de madera y cristal suponía un viaje directo a los años veinte. Conservó hasta sus últimos días de actividad el típico pavimento hidráulico con motivos geométricos en blanco y negro, su robusto mostrador que combinaba madera y mármol frío, y ese gran armario de estantes donde reposaban las hogazas de cara a la clientela. Un patrimonio comercial que, como vaticinaba Seser hace años, corría un serio riesgo de desaparecer para siempre bajo el peso de la piqueta, llevándose consigo un pedazo irrecuperable de la memoria cotidiana.

Pasado humilde y futuro exclusivo

Y el futuro, finalmente, ha alcanzado a la intersección. Hoy, el trajín de obras oculta lo que queda de aquel inmueble de 1922. Sin embargo, el desenlace no será la construcción de un bloque de viviendas. El destino del Penal ha dado un giro hacia el sector servicios, adaptándose a las nuevas dinámicas económicas del municipio.

Actualmente se encuentra en plena ejecución un proyecto para transformar la parcela en un hotel de 4 estrellas. El nuevo diseño, que abarca una superficie de 1.362 metros cuadrados, promete cambiar por completo la fisonomía del chaflán sin borrar del todo su pasado. De hecho, el proyecto de intervención arquitectónica contempla la conservación de la fachada protegida, asegurando que esa esquina redondeada siga siendo un referente visual para el transeúnte, aunque ahora lucirá libre de humedades y desconchones, aseguran.

El interior será radicalmente distinto a aquellas viviendas de alquiler estrechas que provocaron las burlas de principios de siglo XX. El nuevo plano se desarrolla en una planta baja, tres alturas que albergarán un total de 27 modernas habitaciones, y una planta ático. Además, la actuación incluye la integración de los restos arqueológicos hallados en el subsuelo, sumando un estrato histórico más al relato del inmueble.

El remate final será un exclusivo ‘sky-bar‘ en las alturas, un concepto que contrasta frontalmente con la historia del lugar. Quién les iba a decir a los vecinos que apodaron a este edificio como el Penal, acostumbrados a comprar su pan sobre un viejo mostrador de mármol, que cien años después, en ese mismo lugar y bajo esa misma fachada, se servirían cócteles de autor rozando el cielo de la ciudad. Una prueba más de que la arquitectura urbana es un ente vivo que no deja de reescribir su propio guion.

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