Existen personas que ejercen oficios que son “los grandes olvidados”, a pesar de tener un papel importante en la sociedad. Nadie piensa en el del enterrador, una figura que realiza un trabajo que muchas personas no querrían ejercer. Octavio, Paco y Dani trabajan como enterradores en el Cementerio Municipal de Dénia y para ellos su rol es el de «aliviar el dolor de las familias, de los vivos».
Los tres llegaron a este puesto porque necesitaban un trabajo, se les presentó la oportunidad y consiguieron la plaza. Paco y Octavio eran albañiles antes de esto y Dani tiene un pasado más peculiar: «Yo trabajé en el mundo del calzado, y quería dejarlo. Me surgió la oportunidad de trabajar en el tanatorio de Dénia y a los cinco años me cansé y lo dejé. A los tres meses, un trabajador del cementerio cayó enfermo y me dijeron si quería venir a trabajar aquí», explica Dani.
La razón es que los trabajadores anteriores no querían manipular difuntos, mientras que Dani había tenido experiencia previa cuando ejerció de ayudante de forense. Le ofrecieron, por tanto, el puesto y después se presentó a la plaza fija.
Cuando enterrar se convierte en rutina
¿Qué labores realiza un enterrador? Depende de los días, es decir, de si hay entierros o no. En el caso de no haber, realizan tareas de mantenimiento, como barrer o reparar las instalaciones del Ayuntamiento. Cuando hay entierro, se encargan de poner el féretro en el nicho y poner la lápida; la idea del enterrador de película cavando en la tierra para meter el ataúd ya dista bastante de la realidad.
En otras ocasiones tienen que realizar la reducción de restos, que es la tarea más escatológica. Consiste en la exhumación de estos para reubicarlos en otro nicho o en el mismo, pero de forma que ocupen menos. «Depende de donde estén enterrados, los huesos están sueltos o el cuerpo está momificado -no los puedes soltar ni doblar-, entonces los ponemos en un sudario, que es más grande y los volvemos a meter dentro», explica Octavio.
Algo que para el resto de los mortales sería impensable llevar a cabo, para estos tres enterradores ya se ha convertido en «algo normal». «Aquí tienes que cuidar un poco tu mente, a esas cosas hay que darles en cierto modo la menor importancia. El llevarlo es intenso pero es que siempre estás con difuntos, enterrando gente, reduciendo… se convierte en una rutina», comenta Dani.
Los entrevistados ven su labor como una forma de aliviar el dolor de las familias, haciendo que el difunto se vaya con cierto «honor y respeto». «A todo el mundo les decimos que estamos para lo que les haga falta, hay que tener mucho tacto», relata Octavio.
Los momentos duros y la salud mental
En ocasiones, les toca de cerca y alguna vez han tenido que enterrar a algún conocido o han leído el nombre de personas que conocían en alguna lápida. «Aquí encuentro a gente que hacía años que no veía y digo ‘collons’…», dice Paco. «Yo no soy de aquí, pero conozco gente que viene al cementerio con mucha frecuencia y llega un día en que son ellos a los que tienes que enterrar», añade Dani.
Octavio y Paco se acuerdan de cómo fue su primer entierro. Octavio enterró a una persona de servicios sociales y, por tanto, no había ningún familiar. Por su parte, Paco cuenta que el suyo le recordó a una película de terror: «Cuando rompes la caja vieja de madera y ves eso… con sus telarañas… esa imagen se me quedó grabada», comenta.
Dani no lo recuerda porque para él fue más impactante trabajar en el tanatorio, donde tenía que arreglar difuntos, vestirlos, etc. Notó que ese trabajo dejaba mella en la salud mental de quiénes lo ejercían: «Ataca más a la mente. Recuerdo que un hombre vino una mañana a trabajar, fuimos a comer y aún lo están esperando; otro aguantó 5 días y lo dejó porque no podía pegar ojo», cuenta.
Estar rodeados de muerte puede jugar malas pasadas y el lúgubre aspecto que ofrece la ficción sobre los cementerios se puede convertir en real: «Es tenebroso en invierno, cuando hay que cerrar y es de noche, cuando salen días de lluvia y truenos y vas a cerrar las puertas con la linterna… te acuerdas de la película de miedo que viste la semana anterior y algún susto me he llevado», dice Paco.
Historias surrealistas
Existe, por otra parte, gente que disfruta recorriendo los cementerios y los enterradores han visto en más de una ocasión a turistas que se pasean por el lugar, ven algunas tumbas de personajes conocidos y se van. Los enterradores saben las ubicaciones de estos personajes de memoria, como el Tenor Cortis, Manuel Hedilla (jefe nacional de la Falange) o diferentes nazis. «La verdad es que hay esculturas o lápidas que son dignas de estar en un museo», dice Dani.
En cuanto a sucesos que les hayan sorprendido, Dani vivió un robo en uno de los nichos con lápidas de cristal: «Abrieron un nicho y dejaron la caja en el suelo. Tocó llamar a la Policía Nacional, el cementerio estuvo casi toda la mañana cerrado porque tuvieron que esperar que viniera la científica de València, hacer pruebas, tomar huellas…», relata.
El enterrador cuenta que han entrado a robar al cementerio unas tres veces en los 20 años que él lleva allí y de normal se llevan cruces de plata que están en las lápidas. Una vez incluso robaron la lápida de bronce de una tumba. Por su parte, Octavio comenta que en los últimos años lo que ocurre es que desaparecen las flores que los familiares dejan a sus difuntos y no porque alguien las cambie de sitio dentro del cementerio, sino que se las llevan.
Las estadísticas de la muerte
A cuánta gente se entierra a la semana sería una pregunta que se podría hacer cualquiera. La respuesta es de 2 a 3 personas de media. En la actualidad, se ha reducido el número de entierros debido al aumento de la incineración, algo que han notado en cuanto a volumen de trabajo.
Lo que aumenta es el número de extranjeros enterrados en el cementerio. «En la parte nueva ya hay bastantes rusos, ucranianos, ingleses y alemanes», expone Paco.
Los entrevistados también perciben que hay más fallecimientos cuando hay cambios bruscos de temperatura: «Cuando llega bien el invierno, hay dos o tres semanas que se nota, pero se percibe más cuando llega el verano, con el calor fuerte», explica Octavio.
El número de muertes también aumentó en 2021, a causa de la pandemia. Aunque los médicos fueron los grandes aplaudidos durante la emergencia sanitaria, los enterradores también vieron lo más cruel de esta. «Teníamos que mantener la distancia de seguridad, llevar trajes especiales, no se podía abrir el féretro y los cuerpos llevaban dos sudarios por lo menos. Además, solo podían entrar tres personas al entierro, tenían que hacer turnos entre familiares. En torno a febrero y marzo de 2021 llegamos a hacer 14 entierros en una semana, otro día teníamos 5…», comenta Octavio.
Anécdotas de enterrador
Se trata de un trabajo duro pero del que, como todos, se puede sacar alguna anécdota. Dani vivió un entierro en el que el hijo se quería meter en el nicho con el padre difunto.
Octavio, por ejemplo, cuenta cómo, una vez en la que tenían que hacer una reducción, la familia obligó al yerno a estar de testigo. «Esperad un momento, ¿puedo hacer una foto?», preguntó, «es que, como me han hecho venir, pues así les enseño cómo está».
Paco se acuerda también de otro yerno presente en una reducción que le contó la historia detrás de los objetos que se encontraron al abrir el féretro: una botella de Terry, una maceta y un escarpe (herramientas de obrero). «Me contó que su suegro leía mucho. Se ve que leyó algún caso de gente que había vuelto a la vida y les dijo a sus familiares: ‘Enterradme con una botella de coñac y así, si me despierto, pego un trago y cojo la maceta y el escarpe y salgo’», dice riendo el trabajador.
Un trabajo que cambia la vida
Pueden existir trabajos peores y mejores, pero algunos están en contacto con la esencia de la vida y cambian la forma de ver las cosas. «Se ve más negro todo, no es agradable, el que disfrute con esto no está bien. De hecho, yo para cruzar el cementerio intento ir por la parte de fuera para que me dé un poco el aire…», comenta el enterrador.
Octavio menciona que trabajar de enterrador le ha supuesto un cambio de perspectiva: «Aquí viene gente de todas partes y edades y piensas que cualquier día te puede tocar a ti».









