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El rescate de los gigantes de bronce: Dénia baja a tierra su historia

J. Justo Moncho

Periodista
03 de marzo de 2026 - 11:32

El silencio que estos días envuelve la Plaza de la Constitució no es el habitual de una tarde de invierno. Es un silencio tenso, de esos que se palpan en el aire y que obligan a levantar la vista hacia lo alto del campanario de la iglesia de la Asunción. Allí, a decenas de metros de altura, el pasado viernes por la tarde la historia estuvo a punto de chocar frontalmente con el suelo. La Maria de la Victòria, una mole de bronce de 1.425 kilos, quedó descolgada de su sitio, encajada boca abajo en un equilibrio precario que ha mantenido en vilo a toda la ciudad.

Este incidente no solo ha obligado a precintar el centro neurálgico de Dénia, sino que trastocó de golpe la agenda festiva. El pasado sábado, la tradicional Crida de las Fallas, que suele reunir a cientos de personas bajo la sombra del templo, tuvo que ser reubicada a toda prisa por seguridad. Hoy, martes 3 de marzo de 2026, la solución ha llegado de forma radical: el descenso de los cinco bronces para su restauración.

Un bautismo de guerra: por qué Dénia marca sus bronces

Para entender el valor de lo que hoy cuelga de las grúas en la plaza, hay que retroceder hasta la cicatriz de la Guerra Civil española. La mayoría de las campanas desaparecieron entre 1936 y 1939, bajadas de sus torres y fundidas para alimentar la maquinaria bélica. Aquel vacío sonoro no se llenó aquí hasta 1942, cuando la fundición de Roses Hermanos, en Silla, recibió el encargo de devolverle el pulso al campanario dianense.

Hay un detalle que el paseante curioso puede observar hoy a pie de calle: todas las campanas llevan grabado, en letras claras, el nombre de «DENIA». No se trata de un simple alarde de orgullo local, sino de una medida de precaución histórica. Tras la contienda, muchas campanas que se salvaron de la fundición no pudieron regresar a sus hogares por la falta de marcas de origen. Por orden administrativa, los nuevos bronces debían ser identificables por si la historia decidía repetirse.

Entre las cinco piezas que hoy tocan tierra, destaca la ya mencionada Maria de la Victòria. Con sus 135 centímetros de diámetro, es un ejemplar excepcional que rompe la norma de su época al incluir en su epigrafía nombres de la alta jerarquía eclesiástica, como el del Papa Pío XII y el del Arzobispo Prudencio Melo. Junto a ella, sus hermanas menores —Concepció, Sant Joaquím, Crist Rei y Maria de l’Assumpció— completan un conjunto que ha marcado el ritmo de la ciudad durante más de ocho décadas.

La debilidad del hierro

El susto del pasado viernes no ha sido un evento fortuito, sino el síntoma de una instalación que los expertos ya calificaban como mejorable. Durante la década de los 80, la fundición de Salvador Manclús mecanizó el conjunto, sustituyendo los tradicionales yugos de madera por estructuras de hierro y motores de vuelo continuo. Según fuentes especializadas en el patrimonio campanero valenciano, como Joan Alepuz Chelet, esta intervención «no favorece la conservación de la campana ni tiene vinculación con la tradición local».

Mientras las grúas trabajan y los técnicos aseguran los perímetros, Dénia asumirá un periodo de orfandad sonora. No es solo una cuestión de seguridad pública para que la plaza pueda recuperar su vida cotidiana; es la oportunidad de que, cuando los bronces vuelvan a subir, no lo hagan como simples máquinas de ruido, sino como instrumentos afinados con su historia. El susto del viernes fue el último aviso de unos gigantes que pedían, a gritos de metal, un descanso y una cura de salud.

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