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Cuando los gigantes tomaron las calles y las bestias encendieron la noche: el encuentro histórico de Dénia

J. Justo Moncho

Periodista
12 de octubre de 2026 - 11:11

A principios de año, el olor a cartón piedra, madera y tela guardada impregnaba el ambiente de una de las naves municipales del Espai Fester. En este rincón discreto del polígono industrial, alejado del bullicio urbano, descansa un auténtico ejército dormido. Hasta allí fue invitado quien escribe estas líneas para contemplar de cerca la imponente colección de gigantes, cabezudos y figuras históricas de las danzas tradicionales valencianas. Y, por supuesto, para mirar a los ojos a la criatura más temida y respetada de la casa: el Drac de Dénia.

Durante un par de horas, la conversación fluyó alrededor del pasado y, sobre todo, del futuro de Dianium Dansa. La entidad lleva décadas trabajando incansablemente para recuperar y dignificar un patrimonio que demasiado a menudo queda a la sombra de otras festividades más mediáticas. Fue en un instante de aquella charla cuando Celia Roselló, secretaria de la asociación, le dio un empujón a Manolo Mahiques, el presidente. Lo animaba a destapar aquello en lo que llevaban meses trabajando, un proyecto que les quemaba en las manos y que se morían por compartir con alguien de fuera de la colla.

El sueño de Dianium Dansa que paralizó la ciudad

Hablaban de un encuentro como nunca antes se había visto por estas latitudes. Una cumbre colosal de gigantes llegados de diversas agrupaciones valencianas y catalanas, pero con un añadido que lo cambiaba absolutamente todo: la presencia de bestias de fuego. Lo relataban con una emoción palpable, contagiosa. Aunque en aquella fría tarde todavía no tenían claro si encontrarían el apoyo logístico y la fecha idónea para materializarlo, sabían perfectamente que el esfuerzo valía la pena. Y este periodista, al escucharlos, no pudo evitar compartir aquella extraña fascinación.

Por aquel entonces, desde esta misma tribuna, nos atrevimos a trasladar a los lectores aquel proyecto de una manera casi cinematográfica: «Imagina la calle Marqués de Campo tomada por la música. Gigantes avanzando en fila, cabezudos bailando, familias enteras siguiendo el paso como si el desfile las arrastrase. Y, cuando todo desemboca en la plaza del Consell, empieza el momento de los nervios: llega cada grupo, lo presentan por el micro, entra, se luce… hasta que, por fin, todos los gigantes se juntan para un baile conjunto».

Así nos lo habían vendido y así lo comprábamos. Pero la confesión iba un paso más allá. La promesa incluía un giro de guion digno de una gran obra teatral. En esa hoja de ruta imaginaria, tras los bailes acompasados y majestuosos, las figuras amables debían apartarse. Lo que venía a continuación era el plato fuerte, aquello que querían grabar a fuego en la memoria de cada asistente: la entrada de todas las bestias reunidas.

No se trataba de sacar a pasear a un dragón solitario, sino de convocar a un bestiario completo. Dragones, sí, pero también figuras de todo tipo, de formas espeluznantes y orígenes diversos, escupiendo chispas como en un auténtico correfoc. Era una apoteosis final minuciosamente calculada para que la plaza no fuera simplemente el desenlace monótono de un recorrido, sino el detonante de un grito colectivo: «¿Pero qué está pasando aquí?».

El infierno de pólvora en Marqués de Campo

Muchos meses después de aquella conversación entre cartones y polvo, la idea no solo se ha hecho realidad, sino que se ha saldado con el mejor de los éxitos. El centro de la ciudad se llenó hasta los topes para presenciar un espectáculo único. Una multitud heterogénea se reunió inicialmente para aplaudir las danzas, inocentes pero cargadas de majestuosidad, de los numerosos gigantes que hicieron parada en el municipio.

El cambio de tercio llegó de forma casi imperceptible primero, y demoledora después. Cuando se acercaban las últimas figuras y el cielo ya había perdido completamente la luz, se empezaron a oír esos silbidos inconfundibles propios de la pirotecnia valenciana. El característico olor a pólvora comenzó a recorrer la arteria principal de Marqués de Campo mucho antes de que lo hiciera su origen visual. Y entonces, el infierno se desató. Llegaron las bestias.

El ambiente mutó de golpe. Aquella transición agresiva consiguió dejar boquiabiertos a todos los espectadores que se habían congregado allí. Las calles ya estaban llenas antes de dar inicio al pasacalles, pero el trueno ensordecedor de los cohetes y el rastro de humo actuaron como un imán. Más curiosos, que ignoraban completamente qué se estaba cociendo, fueron atraídos hacia unas aceras a rebosar. Allí se quedaron atónitos al ver cómo diferentes criaturas se encendían durante la marcha, expulsando fuego en todas direcciones. En algunos tramos, la intensidad era tal que casi mutó hacia un auténtico correfoc, un hecho que desató más de una carrera nerviosa entre el público más sensible, poco acostumbrado a tener las chispas tan cerca.

Para cerrar este desfile irrepetible, apareció el Drac de Dénia. La bestia anfitriona, armada y encendida con la misma ferocidad que sus compañeras de viaje, reclamó su protagonismo.

La entidad consiguió materializar aquel sueño lejano exactamente tal como lo relataban en su nave del Espai Fester. Entre aplausos y caras de sorpresa, demostraron de una manera rotunda que nuestras raíces culturales van mucho más allá de las clásicas estampas festivas que protagonizan las postales de turismo. Hay un patrimonio rico, ruidoso y vivo que reclama y merece su propio espacio. El I Aplec de Gegants i Bèsties de Foc de Dénia ha sido, sin duda alguna, un éxito apabullante. Ahora solo queda cruzar los dedos para que no se quede en una simple anécdota aislada y la ciudad se convierta en la sede anual de esta loable reunión.

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