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Un monstruo entre Dénia y Oliva: El misterio de la bestia de 90 palmos del Molinell

J. Justo Moncho

Periodista
17 de mayo de 2026 - 08:01

Dénia siempre ha mantenido una relación intensa con el horizonte, pero hubo un atardecer de 1761 en la que el mar decidió no traer peces, sino un enigma ensordecedor. No era el habitual rumor de las olas rompiendo contra la arena, sino una serie de bramidos y gemidos de rabia que llegaban desde la zona del Molinell. Allí, donde la profundidad se vuelve traicionera para quien no conoce el fondo, una fiera de dimensiones imposibles libraba su última batalla contra el destino.

El 2 de abril de 1761, la costa del Molinell dejó de ser un lugar de paso para convertirse en el escenario de una lucha titánica. Un animal de dimensiones nunca vistas, atrapado por la escasa profundidad, agonizó entre bramidos que se oyeron a leguas, desatando una tumulto que atrajo a gente de toda la región y terminó en un insólito conflicto de jurisdicciones.

Aquel día, cuando el sol ya empezaba a buscar el refugio de las peñas para dar paso a la noche, un sonido sobrenatural rompió la calma del Molinell. No era el viento ni el azote habitual del Mediterráneo contra la arena. Eran unos roncos bramidos que helaron la sangre de un vecino llamado Ripoll. Acompañado por pescadores y leñadores que bajaban del monte, Ripoll se encontró con un espectáculo que desafiaba toda lógica: una mole gigantesca, sin velas ni mástiles, que se agitaba violentamente en la orilla intentando, en vano, regresar a la profundidad.

La fiera, descrita por un anónimo «Devoto de la Concepción» que se encontraba en Dénia en aquel momento, era un prodigio de la naturaleza. El animal había quedado encallado en un tramo donde el agua apenas cubría seis o siete palmos, una profundidad insuficiente para su inmenso cuerpo. En su desesperación por liberarse, la bestia comenzó a sangrar, tiñendo las aguas de un rojo intenso mientras sus gritos de agonía se extendían por los alrededores.

Una fiera de 90 palmos y el dilema de la «Orgena»

Cuando el animal finalmente falleció, el asombro dio paso al análisis minucioso. Las medidas que constan en los documentos de la Biblioteca Valenciana son mareantes: el «pez» medía noventa palmos cabales de longitud (unos 18-20 metros) y diecisiete de altura. Su boca, de quijada a quijada, tenía el tamaño de la puerta de una casa, con dientes agudos y unas barillas que asustaban al más curtido de los marineros.

La descripción física del animal nos deja pistas fascinantes. Tenía unos agujeros cerca de los ojos por donde expulsaba agua con una fuerza inusitada, una cola larga y delgada que podía levantar a pesar de estar en el suelo, y una piel suave de color pardo. Los expertos de la época se dividieron: mientras unos hablaban de una ballena, los pescadores más veteranos aseguraban que se trataba de una Orgena, un monstruo legendario y temido que surcaba los mares.

La noticia de la muerte del monstruo transformó la playa en una auténtica feria. Gentes llegadas desde València, Gandia, Oliva, Sueca, Ondara, Pego y Cullera se agolpaban en la arena para ver de cerca a la fiera. Los que no tenían tienda donde guarecerse pasaban las horas bajo el sol, fascinados por aquel terror de las profundidades.

El conflicto de Oliva y el aprovechamiento del gigante

Pero no todo fue curiosidad. Donde hay una montaña de carne y grasa, hay intereses. Pronto estalló una disputa entre los pescadores de Dénia y los de Oliva por el derecho a reclamar la pieza. Los dianenses querían llevársela por mar, mientras que los de Oliva defendían que el animal había caído en su jurisdicción. Tras una tensa «pendencia declarada», se dictaminó que la fiera pertenecía a Oliva.

La logística para mover o procesar tal masa fue hercúlea. Se cuenta en el romance que se conserva de la época donde se relatan los hechos, que se necesitaron «hombres quinientos cinquenta» (550) y hasta seis pares de bueyes para intentar moverlo, aunque inicialmente fue imposible. Finalmente, bajo la supervisión del Comisario de Marina, se procedió a descuartizar al animal con hachas.

El aprovechamiento fue total, aunque el proceso resultó desagradable. El animal tenía una capa de grasa de palmo y cuarto de espesor, un tocino blanco que, al derretirse, producía un aceite fino del que se fabricaron «innumerables arrobas». Sin embargo, el hedor de la carne corrompida terminó por «apestar» y ofender los sentidos de todos los presentes, marcando el final de aquel espectáculo dantesco.

Hoy, el relato del «pez» del Molinell sobrevive gracias a ese Devoto de la Concepción que decidió poner en rima lo que sus ojos vieron. Aquel «Breve y curioso romance» es el acta notarial de un día en que el Mediterráneo escupió sus secretos más profundos a nuestras orillas. Un recordatorio de que, bajo la superficie serena de nuestra costa, siempre ha habitado lo desconocido, esperando el momento de encallar y convertirse en leyenda.

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