Tal día como hoy, hace ya un año, se hizo el silencio en las calles de toda España. Pese a lo surrealista que podía sonar en aquel momento, algo que ya hemos superado y acostumbrado, todo el planeta se enfrentaba, y se enfrenta, a una peligrosa pandemia que nos obligaba a escondernos ante el temor de contagiarnos.
El coronavirus era algo nuevo e inesperado. La única defensa que conocíamos o, mejor dicho, la única forma de luchar contra la pandemia era el huir de ella. En ese momento había muchísimo desconocimiento y los hospitales de todo el país estaban llegando a su límite. Tocaba encerrarse en nuestros hogares para evitar ningún contacto con posibles casos activos.
Dénia se quedó vacía ese 15 de marzo. En un principio echábamos la llave para una quincena, pero finalmente tuvimos que quedarnos hasta bien entrado mayo. Aproximadamente 2 meses encerrados, algo que nadie recuerda haber vivido.
A excepción de algunos trabajadores cuyas empresas no se sumaron a esa entonces novedad del teletrabajo, solo podíamos salir a comprar, pero al supermercado más cercano a tu casa o te arriesgabas a una sanción. E íbamos directos a por la levadura y vaciamos los estantes porque nos aburríamos mucho y teníamos ganas de hacer repostería. Y fuimos directos a por el papel higiénico porque nos seguíamos aburriendo y teníamos ganas de… No se sabe muy bien, todavía a día de hoy, para qué queríamos tanto papel higiénico.
Fueron días en los que nos las ingeniamos para aprender a cargar más bolsas de lo habitual y llevarlas hasta casa, también tonificando de paso nuestros brazos, pues nos tocó ir sin compañía alguna a los supermercados. Y no solo nos enfrentábamos en solitario a las compras, sino que intentábamos que duraran ya para toda la semana porque, siendo sinceros, teníamos miedo.
Ahora nos hemos despreocupado un poco, pero en aquellos días existía un ambiente un tanto de psicosis colectiva por el desconocimiento de lo que era el coronavirus. Nos daba miedo tocar la tapa de un contenedor de basura, meter la compra directamente en la nevera sin que pasaran unas horas de cuarentena o, incluso, coger una carta del buzón. Pero no estaba injustificado, solo que hemos aprendido a convivir con la pandemia y parece que le hemos quitado hierro al asunto.
Comprábamos y a casa otra vez, donde teníamos que aprender a pasar el rato entre cuatro paredes. Por suerte, muchos dispusieron de los balcones que se convirtieron en una plataforma nunca antes vista para dejar volar la imaginación y mostrar las dotes artísticas de cada uno. Algunos cantando con mucho arte, otros coreando me aburros con mucho humor. Era la nueva red social que nos hizo incluso conocer a nuestros vecinos.
Y a las 20:00, puntuales, salíamos a reencontrarnos todos y aplaudir a los sanitarios que se jugaban el cuello mientras nosotros, porque es así, nos escondíamos.
Dos meses después pudimos volver a salir en unas condiciones muy favorables. Habíamos vencido a la que no sabíamos que era solo una primera ola. El caso es que funcionaron las medidas y la pudor, y estuvimos un tiempo sin más que algún anecdótico caso. Pero duró apenas semanas. Pensamos que la cuarentena nos había unido y nos había hecho ser más solidarios y conscientes de la importancia de la salud, pero un mes después todo se fue a traste y nunca hemos recuperado esas cifras. Ahora volvemos a estar desunidos, protestamos para que nos dejen poner al límite la salud de todos y, desde luego, olvidamos que no fue una pesadilla, que durante 2 meses nos quedamos en casa.
Sea como fuere, pero hace un año cerramos casa con llave y eso nos cambió la vida, aunque igual no para siempre.









