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El avión que nunca vio el Montgó: la crónica de una tragedia sin supervivientes

J. Justo Moncho

Periodista
25 de enero de 2026 - 08:01

El 5 de diciembre de 1950, el Montgó se convirtió en escenario de la mayor tragedia aérea registrada en este macizo. Un avión militar británico Vickers Wellington de la RAF impactó contra la pared rocosa en la vertiente de Dénia y murieron sus siete tripulantes. Han pasado décadas, pero la historia sigue latiendo en la montaña, en los archivos municipales y en los relatos de quienes participaron en el rescate o supieron, casi en tiempo real, lo que había ocurrido.

La reconstrucción de aquel accidente permitió recuperar detalles que van más allá del golpe y el fuego: cómo se localizó el aparato, quiénes subieron primero, cuánto costó bajar los cuerpos en una posguerra de penurias y cómo una operación municipal terminó convirtiéndose, incluso, en una inesperada «cuenta de resultados» con la venta de los restos del avión como chatarra.

Un vuelo que no debía terminar en el Montgó

El Wellington volaba en una ruta que incluía Shawbury y una escala en Istres (Francia), con Gibraltar como uno de sus puntos de paso. Las crónicas explican que el destino final del trayecto era Jartum (Sudán), antes de regresar al Reino Unido por otras escalas. El piloto era Leonard West y junto a él viajaban Peter Pullar, Robert James Baker, Ernest Hansom, Neville Jones, Roy Owen Ouseley y Peter Field Thorne.

A partir de las explicaciones técnicas recogidas en entrevistas posteriores, una de las hipótesis más repetidas sobre la causa del siniestro es un error de identificación del relieve: el piloto habría creído reconocer el Montgó cuando, en realidad, estaba observando la sierra de Mariola, más al suroeste. Al pensar que aún quedaba distancia hasta la siguiente gran elevación, el avión continuó su trayectoria hasta impactar de frente contra la montaña.

La Asociación de Pilotos de la Marina Alta defendió esa explicación técnica en el material audiovisual difundido años después: un choque frontal, sin margen para maniobrar, con una dispersión de restos concentrada en una zona reducida, compatible con una colisión directa y posterior desintegración del aparato. Quintana añadió además otro factor clave para entender el contexto de 1950: la navegación era esencialmente visual, y el avión no contaba con medios modernos de ayuda a la navegación que hoy se dan por supuestos.

«Fue un choque tremendo»: el testimonio de Jaime Costa Tur

Si hay una voz que fija esta historia en Dénia, es la del pintor Jaime Costa Tur, fallecido, que dejó un relato de enorme fuerza sobre cómo se localizó el aparato. En su testimonio, explica que la tarde-noche del día 5 se movilizó un equipo para buscar el avión en el Montgó, pero no lo encontró. La montaña se había «cerrado» y el accidente no era visible.

Costa no subió ese día, pero habló con un amigo que vivía en la casa más cercana al lugar del impacto. Ese vecino le contó una escena muy concreta: estaba comiendo, salió a la puerta porque oyó un avión volar muy bajo sobre su casa en dirección al Montgó, esperó unos segundos… y escuchó el trompazo y la gran explosión. Nadie vio humo y, por eso, el aparato no se localizó de inmediato.

Al día siguiente, Costa buscó al equipo de rescate y les dijo que sabía «exactamente» dónde estaba. Subieron con un forense, alguien del juzgado, Guardia Civil y militares. En el lugar hallaron los cuerpos y comenzó lo más duro: el descenso de los cadáveres. El pintor describe la violencia del impacto con una crudeza que hiela: uno de los tripulantes habría salido despedido por la parte frontal y el cuerpo quedó arrastrado por piedras salientes. Costa recuerda también detalles sueltos que funcionan como fogonazos de memoria: una bota con un pie dentro, un reloj machacado, tornillos deformados.

En su relato aparece, además, un dato significativo: según la noticia difundida por altavoz y emisora local al día siguiente, desde Londres se trasladó un mensaje de agradecimiento al pueblo de Dénia por el rescate. En los expedientes municipales posteriores constan también escritos de la embajada británica con agradecimientos oficiales.

El rescate: una factura enorme en una Dénia de posguerra

El accidente fue noticia nacional y llegó a publicarse en prensa de la época. También se conserva documentación en el Arxiu Municipal que detalla el coste del operativo. El Ayuntamiento, encabezado entonces por el alcalde Antonio Muñoz, asumió el rescate y los gastos ascendieron a 26.917 pesetas, una cantidad muy elevada para aquellos años.

Los documentos reflejan partidas que hoy son un retrato social de la época: el coste de «acarrear cadáveres», el material para los féretros, productos como sulfato de hierro, serrín, mantas, coches de alquiler, comidas para los trabajadores, honorarios del médico forense y servicios de la policía municipal. En una primera relación de gastos, enviada en enero de 1951, se detallaban importes como 250 pesetas por el acarreo de los cuerpos o 4.900 por las «arcas» para los féretros, entre otros.

La solución para recuperar el desembolso llegó desde el Ministerio del Aire: el Ayuntamiento quedó autorizado a vender como chatarra los restos del avión. Hubo incluso una situación curiosa: desde el Ministerio se advirtió que un particular había pedido permiso al consulado británico para comercializar los restos, pero el asunto se resolvió incluyendo en la contabilidad municipal el coste del traslado y almacenamiento de piezas recogidas tras el accidente.

La operación terminó con una cifra que suena casi increíble: el Ayuntamiento informó de que la venta de lo que quedaba del aparato obtuvo 33.000 pesetas, dejando un saldo a favor de 6.082 pesetas. El alcalde propuso destinar ese excedente a beneficencia y, según las cartas conservadas, la idea fue aceptada.

Un versículo en la roca y un monolito décadas después

Durante mucho tiempo, el recuerdo físico del accidente quedó reducido a una evocación sencilla pero contundente: un versículo de Isaías pintado o trazado cerca del lugar del siniestro:
«Los que esperan en Dios, renovarán sus fuerzas como águilas».

Años después, la historia volvió a tomar cuerpo gracias a iniciativas de memoria local. La Agenda Local 21 trabajó desde 2011 en la divulgación del caso con entrevistas, documentación y un vídeo que circuló ampliamente. Ese material contribuyó a que senderistas localizaran restos del fuselaje y a que familiares del piloto solicitaran información desde Inglaterra, buscando respuestas a la pregunta inevitable: por qué se estrelló.

Finalmente, el 5 de diciembre de 2019 se inauguró en el Montgó un monolito conmemorativo con los nombres de los siete fallecidos, en un acto promovido por veteranos vinculados a la RAF, con protocolo militar y un oficio religioso en la ermita del Pare Pere. Desde entonces, la tripulación tiene un memorial permanente en la montaña donde perdió la vida.

El Montgó, testigo silencioso

Esta historia no es solo un accidente: es también el relato de una ciudad que, en una época dura, organizó un rescate complejo en plena montaña; de unos documentos municipales que hoy permiten seguir cada paso del operativo; y de una memoria que ha ido reapareciendo con los años, alimentada por archivos, testimonios y la voluntad de no olvidar.

En el Montgó, entre la roca y el sendero, queda el eco de aquel 5 de diciembre de 1950. Y queda, sobre todo, la certeza de que Dénia no dejó solos a aquellos siete hombres, ni entonces ni después.

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  1. eleanor dice:

    Very moving story